Hitoritabi
Viajar a Japón para encontrar a una señora que no te conoce de nada.
Os comparto por aquí el teaser de la pieza audiovisual que está vinculada con mi libro Seguir el trazo. Hazte con tu ejemplar AQUÍ :)
El pasado 8 de febrero presenté el proyecto en CasaBanchel y proyecté este fragmento. Hitoritabi, en japonés, es ‘el viaje que emprendemos a solas, con todo el sentido de la aventura, autoconocimiento y riesgo que eso implica. Al regresar de un hitoritabi ya no seremos los mismos, o quizás seremos más nosotros que nunca’.
Os comparto por aquí un fragmento del libro donde le escribo una carta a Yoko:
Querida Yoko Ochida,
Espero que sigas viva. Deseo poder conocerte y encontrar la manera de que une intérprete nos conecte. Te escribo esta carta para aclararme, para entender qué busco en ti, porque en realidad no tengo ni idea. (Lo siento, no sé apenas nada). Solo sé que durante años escuché Through The Looking Glass, de Midori Takada, completamente cautiva del hechizo que tu portada conspira hacia nosotras. Nunca me pregunté quién habría ilustrado aquel álbum, pero me dejé embaucar igualmente.
Años más tarde, escuchando Django, Misty, de Dorothy Ashby, apareció la incógnita: esto me recuerda a la portada de Midori, tiene que ser la misma persona. Así fue como, tras una búsqueda sencilla, encontré tu nombre. Pero apenas libros, muchos menos artículos. Ese halo de misterio se me metió hasta los carcañales. (Dudo mucho que carcañales pueda traducirse al japonés).
Rastreé todas las casas de subastas que tienen obra tuya y me puse alertas en Google si alguien mencionaba tu nombre. Días más tarde, contacté con una libreria japonesa de cosas raras. En un correo casi fanático, gritaba que necesitaba libros tuyos. Un señor japonés muy amable —que ante mi entusiasmo obsesivo respondía con diligencia nipona— logró hacerme llegar dos libros: uno, una recopilación general de tu obra; el otro, un cuento ilustrado sobre unos gatos. Yoko, es que lo tuyo es el misterio, la elegancia y la fragilidad: de los gatos y de los humanos en general.
Después de esto, todo ha ido a peor. Poder ver tu cara y conocer detalles de tu vida me ha hecho querer conocerte aún más. Internet, ese lugar en el que todo existe, no te contiene. No hay rastro de ti. Solo encuentro pistas que pueden ser falsas, porque quizás no seas tú, sino alguien con tu nombre, tendiéndome una trampa mortal de triple tirabuzón.
Como ves, ya te tenía algo presente cuando, una tarde de verano en el pueblo, mientras buscaba un bañador viejo y descascarillado con el que pegarme un chapuzón, encontré también una camiseta de motoracing donde se podía leer YOKO RACING. Lo interpreté como una señal de que tenía que buscarte en mi viaje a Japón.
Así que aquí estoy, buscándote en Urawa, prefectura de Saitama. Bueno, esto es mentira: estoy es en Madrid. Hace unos días redacté varios mensajes a un comisario que incluyó un cuadro tuyo de 2004 en una exposición de 2021. Le he escrito por correo y por Instagram, en castellano y en japonés. No me contesta, aunque veo que sí me ha leído. Yo solo quiero saber si estás viva, Yoko. ¿Tan difícil es?
Mi amigo Uri me ayuda a contactar con Midori Takada, la percusionista japonesa del disco por el que te conocí. Ella es una señora y sí contesta. Me dice que hace mucho que no sabe de ti y me da indicaciones de la galería que te representaba antaño. Busco esa galería, pero ya no existe. En realidad, parece una casa; aunque claro, en Japón las cosas no suelen estar en los bajos. Los restaurantes, las tiendas y las galerías trepan como aquí solo lo hacen las viviendas.
Siento que de tanto buscarte internet va a denunciarme por acoso, y fantaseo con cosas a lo Sophie Calle. Temo acabar en la cárcel. He recorrido las Páginas Amarillas japonesas de arriba abajo buscándote, y no estoy nada cansada. Será que todo lo que se hace por amor verdadero, absoluto, no cansa. Me gustaría preguntarte tantas cosas. Creo que solo me queda buscarte en el Japón real, en unos meses estaré allí. Me estoy preparando para visitar tu tumba, tu viudo y tus gatos o, en caso contrario, tu casa y pinceles; o, en caso extremo, tu rechazo japonés. Me lo imagino implacable, afectuoso y sereno.
Siempre tuya, Ariadna.



