Querida Laika,
Extractivismo espacial, la patata que Lisa no pudo poseer y por qué necesitamos inventar palabras para cuidar el cosmos.
He fell in love with the image of himself
And suddenly the picture was distorted
Even the greatest stars dislike themselves in the looking glass
The Hall Of Mirrors, Kraftwerk, 1977
Este post fue algo que empecé a escribir en un stories y se me fue de las manos. Qué hermosos son esos vídeos donde lxs astronautas nos recuerdan que somos especiales. Tras el reciente lanzamiento de Artemis II, no puedo sino venirme a mi satélite particular Piedras que encuentro a pegar un par de gritos al vacío ciberinterestelar. Resulta imposible no caer de rodillas frente a la retórica superior de una imagen que encapsula todo lo que somos.
Hay algo que me gusta de estas dos imágenes y es su carácter selectivo. ¿Os imagináis que los astronautas fueran de esos que envían, a traición, todas las fotos del fin de semana? La idea de la humanidad recibiendo una ristra infumable de imágenes clónicas entre sí me resulta espantosa; sin tiempo para el recuerdo, solo nos queda la tediosa tarea de filtrar, editar y borrar de nuestro dispositivo lo que no es esencial.
Probablemente lo único que separa la primera imagen de la segunda sea el tiempo: cincuenta y cuatro años de diferencia. Una minucia si consideramos que seguimos sin entendernos, enredados en complejos tiras y aflojas geopolíticos y validando en las urnas a narcisistas cada vez más egomaníacos. A estas alturas, solo espero que lleguen los extraterrestres de Arrival a implorarnos que colaboremos y nos queramos un poco más. Aunque la película peque a veces de ese tono bélico yanqui que el relato en el que Villeneuve se inspiró1 no tiene, sigue siendo una de las películas de ciencia ficción que mejor ha sabido plasmar lo que supone ser humano; además de un caballo de Troya para lxs que esperaban ver pistolas y una invasión alienígena y, en su lugar, se toparon con una lingüista.
Por eso me resulta urgente poner el foco en qué significa un gesto o una imagen, en una era en la que ya nada tiene relevancia más de dos horas seguidas. Escribe Tim Ingold2 que «la importancia de la imagen del globo en el lenguaje del debate contemporáneo sobre el medio ambiente es problemática porque presenta al mundo como un objeto de contemplación desprendido del dominio de la experiencia vivida. En otras palabras, es a la vez una imagen ideal y una imagen del idealismo, perfecta para una cultura neohumanista antipolítica surgida tras las devastadoras divisiones de las dos guerras mundiales».
El Antropoceno, que bien podría definir ese momento de la humanidad en el que la liamos tan sumamente parda que nos cenamos lxs unxs a lxs otrxs, es un concepto acuñado originalmente por el ecólogo Eugene Stoermer en los años 80, pero al que el premio Nobel de Química Paul Crutzen dio voz y relevancia global en el año 2000.
Se cuenta que el término saltó a la fama durante un comité del Programa Internacional de Geosfera y Biosfera en Cuernavaca, México. Harto de escuchar a sus colegas referirse al Holoceno como la época actual, Crutzen les interrumpió exclamando: «Ya no estamos en el Holoceno. Estamos en el Antropoceno», bautizando oficialmente esta época geológica en la que nos hallamos y que se define por el impacto global y masivo de las actividades humanas sobre los ecosistemas terrestres, alterando de forma irreversible los procesos biológicos y geológicos del planeta. Con acierto apunta T.J. Demos3 que «la retórica del Antropoceno actúa frecuentemente como un mecanismo de universalización que permite al aparato militar-estatal-corporativo desvincularse de la responsabilidad ante los impactos diferenciados del cambio climático, ocultando eficazmente la rendición de cuentas tras la creciente catástrofe ecológica e involucrándonos a todos, inadvertidamente, como cómplices de su proyecto destructivo».

No hay duda de que ni todas las personas ni todos los países son igualmente responsables de los efectos ambientales catastróficos de las últimas décadas; sin embargo, parece que se nos olvida a la hora de exigir responsabilidades y, sobre todo, a la hora de sentirnos sumamente culpables mientras separamos rigurosamente el plástico del orgánico en nuestras cocinas. La asimetría se diluye con facilidad cuando se individualiza la culpa y se equipara la decisión de alguien que toma un vuelo puntual o consume productos de usar y tirar con la responsabilidad estructural de quienes dirigen y sostienen industrias altamente contaminantes.
En ese contexto, el término Antropoceno, aunque acertado, puede malutilizarse, pues atribuye la responsabilidad a una humanidad abstracta y funciona como un paraguas que homogeneiza responsabilidades y desplaza la atención hacia una imagen universalista y contemplativa. No, no sufren del mismo modo los efectos del cambio climático ni comparten el mismo grado de responsabilidad, en tanto que “humanos”, una comunidad indígena amazónica y unx directivx de una gran petrolera.
La retórica de lo espacial actual está muy alejada de la autenticidad de Carl Sagan al sugerir, en 1990, que la sonda Voyager retratara la Tierra desde los confines del sistema solar, en un intento de que tomáramos consciencia de nuestra fragilidad y valorásemos la vida en este minúsculo “pale blue dot”.
Nunca comprenderé cómo se nos ocurre hablar de “la conquista del espacio’’ cuando, en sentido literal, la Tierra ya forma parte de él. Somos espacio, estamos en él. Sin duda, el término responde más a una construcción ideológica que a una necesidad física. El espacio, tal como se ha configurado en el imaginario colectivo, no es neutral; la carrera espacial ha operado históricamente como un campo de demostración de poder, desarrollo científico, tecnológico y militar. Bajo este marco, la idea de “conquista” prolonga la vieja lógica colonialista de expansión, control y acceso a futuros recursos, donde no hay rastro de una relación poético-filosófica de la humanidad con su entorno.
Con semejante tablero de Risk que tenemos montado, el genocidio sostenido sobre Palestina, la complicidad de los gobiernos occidentales y una escalada latente en el eje Israel–Irán, bien nos conviene recordar que una lectura estética del espacio está íntimamente relacionada con la dinámica de poder a la que sirve. La exploración espacial hace convivir estas bellas imágenes y discursos de hermandad con un ecosistema político y económico donde las prioridades estratégicas condicionan qué se desarrolla, quién lidera y con qué objetivo. Y la broma es que nunca son esos objetivos resolver nada de lo que realmente amenaza a la naturaleza misma, de la que somos parte, aunque también eso se nos olvide.
Como dato: el programa Artemis fue creado en 2017 y ha involucrando a miles de personas, teniendo un costo estimado de 93.000 millones de dólares hasta la fecha. Según explica la NASA en su web, el lanzamiento del Artemis II tiene la atención puesta en el polo sur lunar, respondiendo a criterios como la presencia de hielo y su potencial uso en futuros asentamientos humanos donde se prepararán las primeras misiones tripuladas a Marte. Todo esto no son detalles técnicos aislados, sino indicadores útiles para una futura ocupación sin riesgos. Ya estuvimos en la Luna, si ahora es ser necesario regresar es porque seguimos queriendo matarnos. Escribo esta última frase dando voz al niñx que habita en todxs nosotrxs y que se pregunta, por primera vez, por el sinsentido de la guerra.
El programa Artemis no se entiende sin China, que tiene prevista una misión tripulada para la misma región en 2030. El avance del programa lunar chino pone de manifiesto una dinámica comparable a la de la Guerra Fría, donde Estados Unidos y la Unión Soviética competían por capacidad tecnológica, legitimidad internacional y superioridad estratégica. En el presente, China actúa como contrapeso estructural, desarrollando infraestructura y objetivos propios. No se trata solo de exploración paralela, sino de posicionamiento en el entorno cislunar que, sin duda, pretende adquirir relevancia económica, militar y estratégica.
Dos son las empresas que rivalizan por encargarse del módulo de aterrizaje de la NASA que supuestamente llevará a un puñado de astronautas en 2028: Starship de SpaceX, la compañía de Elon Musk y Blue Origin, de Jeff Bezos. El que opina que la empatía es una debilidad del ser humano, tiene complejo de Gengis Kan y quiere vivir en Marte, versus el que se quedó colgado del final de Interstellar y quiere que vivamos en cilindros masivos que orbiten la tierra. El duelo promete.
Quiero aclarar que no escribo estas líneas como una enajenada ludita, pero sí como alguien que defiende que si este tipo de viajes estelares se producen dentro de estructuras que responden a intereses de grandes potencias, no será progreso sino un desastre. Tengamos presente el botín de tierras raras, los 93.000 millones de presupuesto, ese deseo loco de hacer habitable Marte cuando ya habitamos un mundo perfecto y la sombra de la guerra; recordémoslo cada vez que nos cuelen cósmicos mensajitos aspiracionales en las noticias, las películas o las RRSS.
¿Qué hay en la Luna? Podríamos preguntarnos. Al margen del misterio de su cara oculta, nuestro satélite alberga tierras raras, metales preciosos y helio-3, un isótopo que promete ser el combustible limpio e inagotable para la fusión nuclear terrestre; un botín que tanto EE.UU. como China ansían explotar. Aunque según el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de la ONU (1967), ningún país puede reclamar la soberanía del suelo lunar. Sin embargo, como señala la doctora en química y cosmonauta Helen Sharman, la Luna «no se puede poseer, pero se puede utilizar».
Es una distinción tramposa que mi mente milenial conecta inevitablemente con Homer Simpson cuando se vuelve hippie: tumbado con los pies sucios sobre la mesa, estos terminan invadiendo el plato de Lisa; ante la queja de ella: «Papá, ¿te importa? Tus pies están lindando con mi patata», Homer responde: «Lisa, la patata no se puede poseer; la patata es un fruto de la madre naturaleza»4. Mientras Homer performa su nuevo naturalismo para justificar su falta de respeto al espacio ajeno, las potencias mundiales utilizan esta misma retórica para legitimar el resurgimiento de la carrera espacial. Al igual que la patata de Lisa, el cosmos no tiene dueñx, pero todxs parecen estar poniendo sus sucios pies sobre él.
Por desgracia, la historia reciente confirma que las resoluciones de las Naciones Unidas y los dictámenes de la Corte Internacional de Justicia gozan de flexibilidad interpretativa cuando chocan con los intereses de unos pocos. ¿De qué están sirviendo los contundentes informes sobre el genocidio en Palestina o la órden de arresto contra Netanyahu? Si el derecho internacional no está siendo capaz de proteger la vida en la Tierra, cabe preguntarse: ¿quién pelearía por la autonomía de la Luna?
Digo ‘‘autonomía’’, pero es complicado elegir un término para el ‘‘estado civil’’ de la Luna. En la década de los 70, el antropólogo Robert Levy observó que en Tahití no existía una palabra para definir la tristeza; cuando lxs tahitianxs la sentían, solo alcanzaban a describirla como una ‘‘fatiga física’’ o una ‘‘enfermedad de los órganos’’. A nosotrxs nos ocurre lo mismo: necesitamos inventar palabras nuevas para salvarnos de las antiguas, porque si nuestro diccionario no tiene términos para la paz nos condenamos a la guerra.
Estas y otras muchas son dudas me asaltan a menudo mientras termino mi primera novela de ciencia ficción y, en ella, cuando no encuentro la palabra, me la invento. Quizás podríamos referirnos a la ‘‘aposesibilidad’’ de la Luna como la cualidad de aquello que no puede ser propiedad de nadie o a la ‘‘anarresía’’ de la Luna como guiño a Ursula K. Le Guin en Los desposeídos. Podéis votar por vuestra favorita en comentarios.
Y como despedida, os invito a recordar que Laika no murió por congelación en el espacio, sino por estrés. El sistema de control térmico de la Sputnik 2 falló, aumentando la temperatura en cabina rápidamente, lo que ocasionó deshidratación y pánico en el animal, que falleció entre cinco y siete horas después del despegue.
Ariadna Chez
La historia de tu vida, de Ted Chiang.
Ingold, T. (2000). The Perception of the Environment: Essays on Livelihood, Dwelling and Skill. Routledge.
Demos, T. J. (2017). Against the Anthropocene: Visual Culture and Environment Today. Sternberg Press.
Los Simpson, D'oh-in' in the Wind, T10 E6: ''Lisa, la patata no se puede poseer, la patata es un fruto de la madre naturaleza''.









